«Gadir», de Cristina Cerrada
JOSÉ LUIS MUÑOZ
Cuando todas las piezas encajan, el argumento se desarrolla a velocidad de crucero en capítulos breves que se devoran, los personajes cobran vida más allá de las páginas y el lenguaje, duro y lacónico, no resulta impostado en ningún momento y encaja perfectamente en lo que se narra, el lector puede decir que ha tropezado con una muy buena novela.
Este es el caso de Gadir, la última publicación de la madrileña Cristina Cerrada, doctora en Estudios Literarios y licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y en Sociología, autora de las novelas Calor de hogar, Alianzas duraderas, La mujer calva, Anatomía de Caín, Cenicienta en Pennsylvania, Cosmorama, Europa, Hindenburg y La maestra de Stalin, que forma parte del colectivo artístico Hijos de Mary Shelley y que tiene en su haber los premios de novela Ateneo Joven de Sevilla, Lengua de Trapo, Ciudad de Barbastro, Casa de América y Caja Madrid entre otros.
Gadir, finalista del premio de Novela Policía Nacional, es una novela negra que transcurre parte en la ciudad de Ceuta —Ceuta es una ciudad pequeña si la comparas con Nueva York. O con Tokio. Hasta con Jerez. Sin embargo, tiene algo. Algo que la hace diferente, algo que hace que sientas a la vez deseos de quedarte y de largarte echando hostias de allí— y Cádiz. Gadir, nombre de un tugurio en donde se sospecha que se abusaba de menores obligados a ejercer la prostitución, puede que se inspire en algún caso real que salió en prensa hace décadas. En la trama de esta novela ágil y que engancha, se cruza ese prostíbulo clandestino, un trágico accidente en un parque de atracciones— Pepe Ponce, el Pespá. Al Pespá lo envié fuera del país, también se lo intentaron cargar. Los tres trabajaron en el parque de atracciones de Jerez. Precisamente, en esa atracción que se jodió. — y la difícil relación entre un padre y su hijo —¿Qué te ha hecho tu padre para que le tengas tanto gato, quillo? ¿Te jodió cuando te dijo quiénes eran los Reyes Magos de verdad? —que acusa a este de ser el causante de la pronta muerte de su madre.
Uno de los grandes méritos de Cristina Cerrada es haber alumbrado a un protagonista como Suso Corbacho, un abogado marginal —Mi vida volvía siempre a lo mismo. A la habitación de un motel. A un bareto de mierda donde pillar. A unas tetas golpeando contra el jergón de un burdel. —marcado por un padre despótico metido en negocios turbios que le pide vaya a reunirse con Zallas, un empresario de dudosa reputación ciego —Escruté su mirada. No es fácil de interpretar la mirada de un ciego. No se sabe qué hay detrás, da la impresión de que no hay nada. — mientras el Califa, representante de artistas con el que el abogado está en deuda, le pide que localice al Pespá, víctima de una extorsión.
Suso Corbacho no es un personaje amable. Como lobo en una jauría, se defiende a dentelladas y también recibe golpes por los ambientes marginales que frecuenta: De una patada, me hizo rodar por el colchón y me lanzó al suelo. Allí, sujetándose contra la pared, me volvió a patear. Primero, los testículos. Conseguí hacerme un ovillo y se ensañó con los riñones. Pensé que me iba a matar. Por suerte todo se puso negro y me desmayé. Huye este perdedor, que es el narrador de Gadir, de su vida sin alicientes drogándose sin cesar: Di al peta una última chupada y me adormecí. Pensé en mi riñón. Lo imaginé en una bandeja quirúrgica, dentro de una tartera de acero inoxidable, en el contenedor de basura de algún hospital. Tiene como amigo y confidente al policía Pablo, lo que le permite tener información privilegiada sobre ciertos asuntos y husmear en los ambientes policiales: Un calabozo no es un lugar agradable. Huele mal. La gente no es amable y se tiene la fea costumbre de intimidar al visitante con una sádica indiferencia que a menudo le hace temer que no vayan a dejarlo salir.
Cristina Cerrada crea buenos secundarios en su narración envolvente: Pensé en él Cuco y en el Califa. En mi padre y en el Ginés. En la Lola, en el Charlie y en el Pespá. El protagonista establece una relación tierna con Noelia, la muchacha parapléjica de fuerte carácter que va en silla de ruedas: La piel de su cara olía tanto a jabón, y su pelo, con ese brillo limpio del de los críos, tanto a champú, que hacían que toda ella pareciera recién salida de una bolsa de caramelos. Y, por encima de todos los personajes, está ese padre dominador, del que depende económicamente, al que odia el protagonista con toda su alma por lo que va descubriendo de su pasado: …mi padre se alejó caminando entre las tumbas, impecable dentro de su traje negro, rodeado de su séquito de socios y asociados del despacho que formaban una suerte de cerco pretoriano a su alrededor.
Cristina Cerrada es lacónica para, por ejemplo, ilustrar una muerte hospitalaria: Una bolsa con sus cosas descansaba a los pies de la cama, atada con una cinta blanca como las de la basura. La escritora madrileña describe con precisión la vestimenta de esos personajes cutres con los que se relaciona el protagonista: Llevaba puesta la misma ropa de mercadillo de la otra vez, y unas zapatillas de felpa que hacía daño mirar. Explicita los estragos físicos de la droga: Casi nadie en el centro tenía dientes. La heroína debilita las encías y los dientes se acaban por caer. E invoca a la muerte violenta con una frialdad que hiela: Tiré un poco más de la sábana hasta dejar al descubierto la herida por donde había entrado la bala que le había atravesado el corazón. Llevé el dedo hasta allí y la toqué. Estaba fría. Más fría que el mármol del suelo en invierno. Y Seca. Y dura.
Los duros no son tan duros, ni tan inhumanos. La dureza muchas veces es una coraza de protección. El lector termina empatizando con ese perdedor sin futuro que es Suso Corbacho: ¿Alguna vez has soñado contigo mismo a otra edad? ¿Cuando tenías quince años? Tú estás parado ahí, delante de ti, mirándote a ti mismo y a la vez mirando a otro tipo que eres tú, pero que al mismo tiempo no lo es. Cuando tú yo maduro mira el joven, sientes un ramalazo de nostalgia, de compasión. Pues eso sucede con ese abogado sin fortuna que malvive en una sociedad profundamente hostil y cuya vida, como el de las tragedias griegas, parece predestinada al fracaso.
Una novela negra modélica Gadir que reúne todos los ingredientes del género y recrea ambientes sórdidos y personajes creíbles. Un crochet de excelente literatura que deja un poso amargo en cuanto se cierra el libro. Un relato negro que podría ser perfectamente un guion de Paul Schrader. Cristina Cerrada domina el argot marginal, es una excelente dialoguista y se adentra con éxito y maestría en el oscuro mundo del hard boiled que algunos piensan que es una zona oscura exclusivamente masculina y se equivocan. La novela es la demostración palpable de que eso no es así.